Amores perros en tu jardín.

Muchos proponen soluciones; por experiencia he comprobado que todas son parciales.

Los perros y el césped
       Son dos los problemas que tuve con mi perro que me obligaron a discutir con él. Una fue la orina y la otra, su necesidad de cavar sin sentido. Para la orina, pensé que, igual que para nosotros los humanos, si le mostraba un sitio acogedor, especialmente preparado para él, exclusivamente para llevar a cabo sus “asuntos”, cariñosamente titulado por mí como “tu baño”, lo adoptaría sin rivalizar conmigo y hasta me lo agradecería. No fue así. Al lado de su baño, le dejé un buen pedazo de tierra donde podría cavar hasta encontrar a un chino que lo llevaría a la televisión. ¿Saben qué? Jamás puso una mano sobre ese terreno.
       La orina de los perros causa manchas en el césped que se notan desde lejos. En mi jardín hasta desapareció. Claro: el tipo, por razones que nunca sabré porque se amparó en su derecho de no declarar, cada vez que tenía ganas iba “ahí” a aliviarse de su carga de líquido. Por mucho que le mostré y hasta le dibujé el mapa para llegar a su baño personal, jamás me dio la satisfacción. Ni siquiera lo inauguró.

“Al lado de su baño, le dejé un buen pedazo de tierra donde podría cavar hasta encontrar a un chino que lo llevaría a la televisión. ¿Saben qué? Jamás puso una mano sobre ese terreno.”

      La mancha tuvo más de un metro cuadrado. Me obligó a cambiar el suelo y resembrar. Y, como si fuera mi suegra que tampoco entiende razones, volvió al mismo lugar todas las veces que tuvo ganas. Le previne que lo ataría de por vida a un palo con una soga no más larga de 30 centímetros y creo que se me rió. Muy ladino fue porque lo hacía cuando yo no lo miraba. Y también porque sabía que nunca hablaba en serio.
       A veces no es la orina del perro quien genera la mancha, sino un hongo que ataca al césped y lo mata. Éste truco lo aprendí cuando el Sargento González (mi perro se llamaba así), ya tenía una edad en que pedía la pelela para orinar, porque de viejito que estaba no quería trasladarse más hasta la equis que me había dibujado en el mapa.

      El ardid me lo enseñó mi vecino de al lado que sabía lo que luchaba yo para que mi perro no hiciera lo que hacía. Esperó el tiempo suficiente para el Sargento González abandonara el recorrido y me lo confesó. Si mi perro hubiera fallecido antes, tenía argumentos para pensar que había encarnado en mi vecino, pero al estar vivo todavía, no me explicaba por qué me había ocultado esa información. Mi conclusión es que ambos compartieron bolsa al nacer: los dos eran igual de desgraciados.
       ¿Cuál es el truco para saber si era orina de perro o el hongo la que ocasionaba la mancha? Nada más fácil: debés tirar el césped con la mano hacia arriba en la zona afectada. Si lo arrancás con facilidad, sin  esfuerzo, es un hongo. Si no sale, es orina.
       Como soy perrero (gatero también), tuve otro perro, esta vez más chiquito, al que le enseñé desde bebé a hacer sus cosas en el lugar que le había asignado al Sargento. Me obedeció bastante, la verdad.
       Algunas veces se sobrepasó pero un buen reto lo acomodó sin problemas. Nunca quise usar la caja sanitaria porque me parece un asco (además, mis perros no se acostumbraron a ella) ni tampoco recurrí (como otro vecino me dijo), a la instalación de unos metros cuadrados de césped artificial. Otro asco.

Cómo tener perros y césped
       Creo que no puedo vivir sin perro. Fijáte bien que usé el singular. No más de uno. Tuve dos cuando el primero, pobre, estaba demasiado achacado. A lo mejor te pasa a vos y hasta podés tener un par o más. A los perros no les importa el césped; es mi experiencia.
       No existe un césped que se haya probado que crezca bien con perros. Sí hay otros que nada más y apenas, toleran mejor a estos animales. Y también hay algunas cositas que podés hacer para darle una mano a tu pasto.
       ¿Cuál es el clima de tu lugar? Averiguá eso y acudí a tu semillero (o al vivero si es el caso), que cualquiera de los dos te va a dar una mano. Si tenés un jardín abrigado (¿se entiende lo que quiero decir?), amparado de los vientos fríos, con un buen cerco, podés intentar sembrar Bermuda, que se recompone rápido y resiste bastante al tránsito.
       Si tus inviernos son un poco crueles o tu jardín está desprotegido, probá con el pasto azul de Kentucky, que se disemina muy bien y frondosamente. Las mezclas con Rye Grass anual siempre son alentadoras.

      Para sembrar cualquiera de los dos, da vuelta la tierra unos 10 centímetros de profundidad y rastrillá bien parejo para la siembra.
       Cuando vayas a sembrar, echá más cantidad en las zonas donde estarán los perros. Eso refuerza su capacidad de tránsito. Una vez que sembraste, pasá el rastrillo por encima de las semillas hasta que estén cubiertas por no más de un medio centímetro de tierra.
       Mientras las semillas germinan… Y, bueno: tranquilizá a tu corazón. Tenés que mantener al perro alejado de las semillas. Tendrás que atarlo o sacarlo a pasear para que hagan sus necesidades. Lo importante es que dejes que las semillas crezcan y se conviertan en césped. Por lo menos, esta tarea ingrata, te recomiendo que la hagas por espacio de dos meses, como mínimo.
       Ya sabés que existen productos químicos para alejar a los perros de las zonas que deseás que no vayan. Yo los usé y no son malos. Comprobé que no son cien por ciento efectivos, pero me ayudaban muchísimo. Sólo que… Bueno; veía que el perro hacía un arco para pasar por otro lado y suponía que estaba sufriendo. Así que lo usaba nada más que esporádicamente; sólo cuando sabía que armaría una fiesta o una reunión en el jardín.
       La última antes que me olvidé: si ya sabés cuál es el lugar en el que tu perro orina frecuentemente, regá abundante esa zona. El agua “lava” el residuo en forma inmediata. No es la solución, claro, pero ya sabés que sólo estamos amortiguando los golpes.