Las mascotas son parte de la familia. ¡Hay que educarlas!

Comencemos por el tierno perro al que queremos mucho. Si no le enseñamos, nunca tendremos un buen jardín.

– Y si son dos… –

      Son muchas las personas que acuden al vivero buscando una solución mágica para que el perro comprenda que es necesario tener un césped en el jardín que no esté sometido a sus caprichos. El vivero no tiene esa solución y mucho menos cuando tiene una edad en la que, como un chico, está acostumbrado a hacer de las suyas como si fuera el rey del lugar.
       Siempre recordaré a una señora que sentía por su perro más cariño que por cualquier ser humano de su entorno. Vino al vivero solicitando el césped que pudiera soportar los embates de la mascota y pudiera lucirlo como si viviera sola.
       En esta declaración me entrego a las críticas, pero no puedo prometer algo que no existe. Tu césped nunca existirá si tu perro tiene incorporada la maña de hacer lo que quiera. Si en éste momento lo tenés desde pequeño y aún no ha crecido, sé que podés educarlo de tal modo que los problemas que te podría acarrear en el futuro al respecto, pueden ser minimizados. Pero coincidirás conmigo en que tu jardín deberá responder a ciertas cuestiones que harían que el perro contribuya contigo a compartir un jardín medianamente bien cuidado.

“Tu césped nunca existirá si tu perro tiene incorporada la maña de hacer lo que quiera.”

      Para lograr las condiciones viables de esta aventura, tu jardín debería tener accesos a los lugares más visitados de algún material duradero que el perro sepa recorrer. Las veredas de granza, los caminitos de adoquines, los accesos de rodajas de madera, por ejemplo, deben ser transitados por el perro bien educado. Te sirve a vos y a la gente de tu entorno porque es la forma de mantener un césped agradable a la vista.
       Cuando hablamos con expertos en la educación de los animales domésticos, todos coinciden en que esto es absolutamente posible. En especial al pobre perro, objeto de esta crítica de hoy, a quien se lo puede instruir sin  problemas para que colabore.
       Un perro malcriado jamás te dejará tener un césped brillante. Aún así y para beneficio de tu stress, tendrás que crearle un rincón para que él también (pobre), pueda descargar sus ansias en alguna parte que no comprometa la visual.
       En ese rincón nunca se te ocurra plantar césped. Lo podés rodear con alguna especie de arbustos para que el animal conserve su intimidad. Si le enseñaste bien, acudirá a ese rincón a hacer de las suyas sin molestarte. Podrá cavar, jugar con la tierra, acostarse una tarde de verano y lejos de la mirada inquisidora que podría ser la tuya o la de algún invitado.

– Un gato en el jardín –

      Volviendo a aquella señora a la que le destruimos el sueño porque no teníamos la solución, recuerdo que le llevamos un paquete de rosales para plantar, suponiendo que el perro no le causaría daños.
       El perro en cuestión era un pastor alemán de tres años, pero pasado de travieso porque durante lo que llevaba de vida, jamás nadie le impidió hacer lo que le plazca. Lo vi corretear por encima de los canteros, acostarse sobre los plantines de flor de estación, ladrar sin motivo y cavar en el medio del jardín o en el fondo; era lo mismo para él.
       Le entregué las rosas, la asesoré sobre su plantación y me fui. A los dos meses regresó al vivero a buscar nutrientes para un jazmín y recordé a su incansable perro, así que le pregunté.

“Las veredas de granza, los caminitos de adoquines, los accesos de rodajas de madera, por ejemplo, deben ser transitados por el perro bien educado.”

      Me contó que las seis rosas que había comprado, ya no las tenía. “No me diga que se las comió el perro…”, reflexioné en voz alta al tiempo que sonreía. Me contó que, en un principio, le echó la culpa a las hormigas. “Estaba completamente insegura que fueran ellas, ¡porque se habían comido las ramas!”
       “Ninguna hormiga come las ramas; ¿verdad?”, preguntó sabiendo la respuesta. “Una tarde me quedé espiándolo desde la ventana. El señor se sentó sobre sus ancas enfrente de una de las rosas y con mucha paciencia, empezó a morder una rama. No sé cómo hizo con las espinas. La cuestión es que dejó a la pobre rosa con nada más el palito”.
       “¡Qué le voy a hacer!”, se resignaba la señora. “Igual lo amo”.