Tu césped versus tu mascota

El perro (principalmente) y el césped de tu jardín, nunca se van a llevar bien.

– Corte con una máquina bolsa –

      En éste mismo blog se dijo que todos los días se presenta una aventura nueva en el vivero. A veces la aventura parece una trampa de la que es difícil salir, pero la Naturaleza –muy sabia-, se inclina siempre hacia el lado de aquellos que por experiencia, hemos pasado por vicisitudes que nos plantean los clientes, pretendiendo saber más. Pero al final, terminan doblando el codo porque en la pulseada, pierden.
      No me pongo en contra de los clientes; ¡no, por favor! Todos merecen mi profundo respeto y siempre me muestro afable para disipar dudas. No le temo a las explicaciones y he aprendido a decir “No sé” cuando desconozco el tema. Sí debo decir y esto me halaga, que mi sabiduría le permitió a muchos clientes a ahorrar dinero y con mucho menos de lo que pensaban gastar, obtuvieron mejores beneficios.
      En uno de los salones de venta del vivero, tenemos al destinado a “Céspedes”. Éste tema tiene larga tela para cortar pero, como se imaginarán, todo no se puede en un solo día.

“No le temo a las explicaciones y he aprendido a decir “No sé” cuando desconozco el tema.”

Lo que voy a contar a continuación, sirve para proyectar situaciones que les resultará parecida en muchas ocasiones. En ese salón, obviamente, hemos dispuesto fotografías de céspedes suntuarios que dan ganas de tomar carrera y tirarse contra la foto, con la esperanza de que la imagen nos permitirá recibirnos y acostarnos en esa carpeta verde, revolcarnos y gozar de su textura.
      La clienta entró al ámbito y antes del habitual Buenos Días, señaló un poster y dijo: “Quiero ese césped”. Es lógico que entendamos a esta gente. Les surge una necesidad y hasta que no la cubren, pasan por sus ojos cualquier cosa que, aún cuando no esté relacionada, les suena a “césped”.

– Corte con una máquina helicoidal –

La angustia es fatal, porque visitan a una amiga que tiene una buena cobertura y la pregunta es inevitable: “¿Cómo hacés para tener ese pasto tan lindo?”. La respuesta, por lo general, se da con fintas como hace el torero: “Siempre lo tuve así”; “Es una pavada”; “Ni lo cuido”.
Hay mucho egoísmo en esto. La amiga se siente importante ante la pregunta que atormenta a la otra, entonces la respuesta se hace esperar o, directamente, no se da. También sucede (lo he vivido) que la dueña de ese césped tan prolijo, no tiene idea de por qué lo tiene así.
No hay motivos para no tener un césped impecable, si se asume que el mantenimiento del mismo implica un poco de dolor de cabeza durante los tres primeros meses de su implantación y si se le cubren las necesidades básicas a conciencia.

La clienta entró al ámbito y antes del habitual Buenos Días, señaló un poster y dijo: “Quiero ese césped”.

Esta clienta quedó estática con su dedo índice apuntando a la foto y cuando la rigidez de su cuerpo le exigió aflojar, me miró insidiosamente como si le hubiera roto un jarrón de porcelana milenaria. “¿Por qué yo no tengo un césped así?”, me cuestionó sin ninguna explicación que me despejara el enigma.
      Pero, no necesitaba mucha explicación. Me surgió la pregunta que todos los viveristas hemos incorporado cada vez que se presenta un caso como éste.
“¿Tiene perro?”, le pregunté. Y ahí me miró del mismo modo que lo hizo El Gato con Botas en su película, cuando se vio en la obligación de pedir perdón.
      “Sí, bueno…”, susurraba. “¿Qué quiere? ¿Qué lo mate? ¿Qué lo lleve a un reformatorio?” Nada de eso, señora. “Es más fácil de lo que piensa. Asuma que nunca va a tener un buen césped mientras tenga perro y se evita tanta angustia”.