¡Estrenamos otra sección: Flor Cortada!

¿Te alentaremos a cambiar de trabajo y, por ende, de vida? Sólo vos lo sabés.

      Nunca una frase tiene tanto fundamento como cuando uno elige instalar un negocio como éste. Una florería es, realmente, “un sacerdocio”. El caso que voy a contar ahora no tiene discusión alguna, porque me sucedió a mí. Así que, mejor que yo, no lo sabe nadie.
       Ya saben que tengo mi vida consagrada al vivero. Al vivero de plantas, lógicamente. Y que hemos aprovechado, junto a mi familia, las oportunidades que se iban presentando, así que es esa la manera en que pudimos llegar a conocer tanto del asunto.
       Las oportunidades se fueron dando de manera lenta; quizás al mismo ritmo en que crecen la mayoría de las plantas que vendemos. Comenzamos siendo un Vivero con Atención al Público. Vendíamos lo que producían los viveros productores. Tiempo después, surgió la oportunidad de alquilar un pequeño campo a un precio razonable y bastante cerca del negocio, que supimos explotar.
       Fundamentalmente, éramos arboricultores. O sea: nuestras ventas giraban alrededor del árbol en sí mismo. Vendíamos, desde luego, arbustos, frutales, plantines de flor, plantas de interior. Pero cuando un cliente nos visitaba especialmente, era porque nos habíamos hecho fama de vender árboles de calidad, que iban a componer avenidas, parques, campos deportivos, barreras anti viento, estancias.

“Las oportunidades se fueron dando de manera lenta; quizás al mismo ritmo en que crecen la mayoría de las plantas que vendemos.”

      Así que no nos resultó para nada difícil elegir el destino que le daríamos a ese campo en cuanto a producción. Y decidimos, por supuesto, cultivar árboles. Nuestro catálogo, en un par de años, se nutrió de una lista que llegaron muchos colegas a apreciar: álamos, robles, fresnos, acacias, casuarinas, eucaliptus, aromos, cedros, pinos, cipreses.
       Esto aumentó las ventas, porque logramos que nuestros clientes afirmaran aún más esa fama que nos precedía como vendedores de árboles, al convertirnos en productores de árboles. Ese movimiento hizo que fuéramos más considerados por la gente, como expertos en Arboricultura.
       La cuestión no terminó ahí. En otra nota me extenderé y contaré cómo adquirimos otro terreno en donde nos abocamos a la producción de plantas en envase y más adelante, armamos un condominio para producir arbustos. Pero, como dije, eso lo contaré en otras notas.

      El negocio en donde realizábamos las ventas diarias se fue transformando en una especie de supermercado del jardín. A medida que crecíamos, incorporábamos todos los elementos que hacen a un vivero moderno que todo lo tiene. Entonces nos fuimos convirtiendo en vendedores de sustratos para cada caso, agroquímicos (para lo que debimos estudiar intensamente), semillas y bulbos, macetas.
       Y aparecieron otros comerciantes, muy avispados por el gran movimiento que se generaba, con artículos inherentes que deducían que en un vivero se venderían mejor sus productos. Entonces la gente vio cómo reuníamos para la venta a las piscinas, los quinchos, los mobiliarios, los acuarios, las herramientas, las máquinas.
       En diez años más, surge la posibilidad de hacernos cargo de un local enorme –enorme; repito-, en una esquina céntrica. El desafío nos inquietaba. Teníamos mucho –muchísimo- por hacer, pero el local parecía mirarnos fijo y quién sabe de dónde sacaba una manito cuyo dedo índice nos animaba a acercarnos.
       La historia es larga, pero la recorto por acá. Llenamos el local de plantas y mercadería para jardín y comenzamos a ajustar nuestras listas a los deseos de los nuevos clientes.

“Fundamentalmente, éramos arboricultores. O sea: nuestras ventas giraban alrededor del árbol en sí mismo.”

      Estoy contando un éxito comercial. Al local confluía gente en números cada vez más grandes a solicitar todo lo que teníamos hasta que nos enfrentaban a nueva mercadería que, probablemente, nunca habíamos pensado que venderíamos.
       Empezamos a vender, por ejemplo, guantes para jardinería, un producto que no estaba en nuestros planes; carretillas, porque siempre dimos por hecho que las vendían los corralones de materiales, pero nos las pedían; atuendo para fumigar; botas de goma; ¡libros de jardinería!… Para qué contar más. ¡Imagínense!
       Perteneciente al inmenso local que ocupábamos, teníamos un cuarto también enorme, que fuimos convirtiendo, necesariamente, en oficina. Ubicamos ahí dos escritorios (eran dos personas las responsables del negocio; cada una con su obligación específica), estanterías para las carpetas y armarios. Sillas, una pequeña kitchenette para preparar café, mate y algún tentempié. Pero era tan grande como oficina, que aún sobraba lugar.

      Una noche debí quedarme a esperar a un proveedor que venía de lejos. Mi hermano sintió la obligación y se quedó conmigo. Teníamos el negocio cerrado y nosotros dos, dentro. Llega el proveedor (debo decir que eran pasadas las 10 de la noche) y entre los que éramos (cuatro), descargamos toda la mercadería. Apilamos en el suelo y nos disponíamos a cerrar. Al día siguiente, los empleados distribuirían la mercadería en los estantes y los blisteros.
       Fue entonces que el proveedor inició una recorrida visual por el lugar. No había podido antes, así que cuando se sintió liberado caminó por el gigantesco local.
       No paraba en elogios. Nos entusiasmó a mi hermano y a mí con la elocuencia y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, lo acompañamos en la recorrida. Cuando ingresamos al cuarto designado como oficina, el proveedor hizo una mueca de idea que, por lo menos a mí, me dio frío.
       Giró sobre sí mismo un par de veces y  nos preguntó si teníamos otro lugar para hacer una oficina. Haciendo algunas reformas, eso sería posible. Pero preguntamos por qué. Éste hombre era proveedor de artículos para florerías y, según su olfato comercial, usar esa habitación para poner una florería de lujo, sería un éxito desde ese momento, garantizado.
       En la próxima nota… Les cuento qué pasó.