Un almacén de hortalizas en casa.

Ya dije que teníamos de todo. Ahora les cuento qué hacíamos con lo que sobraba.

      El asunto era así: la “quinta”, como la llamaban mis mayores, explotaba de producción. En aquella época ni de cerca le incorporábamos cosas al suelo para hacerlo más rendidor. La tierra, tal como estaba, era suficiente para que produjera a reventar.
       El único método que usaba mi papá y era repetitivo año tras año, era enterrar todos los residuos de la misma verdura en el mismo predio. Te lo grafico: por ejemplo, había dos filas de repollo. Mi papá iba seleccionando los que ya estaban listos para consumir y mi tío les arrancaba las hojas de la periferia, hasta encontrar las sanas. Metía los repollos elegidos en un canasto y las hojas, las dejaba en el suelo. Cuando pasaba a las zanahorias, abandonaba las pequeñas o deformadas y a las buenas, les quitaba las hojas. Las tiraba al suelo.

      Con cada uno de los productos, procedían del mismo modo: limpiaban la hortaliza en el campo y toda la basura la dejaban en el suelo. 
       Al cabo de un par de semanas, cuando había que volver a preparar el piso para la próxima siembra, se clavaba el arado encima y todo el residuo formaba parte de la tierra, abonándola de manera orgánica.
       Con el tiempo a ese mecanismo se lo llamó Labranza Cero (como nombre comercial), pero para mi familia se llamó “meté el rastrojo”. Así de gaucho.

      Las verduras crecían como en las películas de ciencia ficción que se ocuparon del tema: enormes y sabrosas. Nunca nos hicimos productores verduleros (salvo por la zanahoria) porque el objetivo era otro. Pero verdura, sobraba todo el tiempo.
       De familia italiana, éramos realmente numerosos. Los parientes que no vivían con nosotros, al menos una vez por mes nos visitaban. Y en cada visita, llenaban los baúles de sus coches con verdura fresca. 
Por mucho que les regalábamos, siempre había para nuestro consumo propio.

      Siendo productores viveristas, en mi familia todos mis mayores (luego mi hermano y yo), habían aprendido allá cuando eran jóvenes, el arte de injertar. Y teniendo los materiales a mano y el campo disponible, procedieron. Entonces, entre muchas otras cosas, tuvimos monte de duraznos. ¡Unos duraznos…!
       Alguna gente a la que invitábamos comían duraznos debajo de las plantas; placer unívoco que producía estremecimiento de paroxismo. El hecho era que papá tenía dos hectáreas de duraznos; imposible que lo comiéramos todo. Entonces convocaba a mayoristas de fruta a visitar el cultivo que ofrecían una determinada cantidad de dinero para hacerse de la producción. Una especie de remate.

      Mi familia seleccionaba antes de la venta una buena cantidad de fruta para consumo casero y el resto lo destinaba a la producción de durazno en almíbar y jugo. Sí: jugo de durazno. Te juro que teníamos que rebajarlo con agua porque si lo bebíamos puro como lo fabricaba mi mamá, se te atragantaba en la garganta y no bajaba.
    También tenía una plantación de ciruelas, que vendía por fuera porque la cosecha nos superaba. Nos quedábamos con una parte para disecarla y comíamos pasa de ciruelas, que era el mejor y más nutritivo tentempié que podíamos probar.
       Pero había dos plantaciones que eran las que mejor se acomodaban a mí mismo porque formaban parte de mis juegos. Papá tenía dos montes más: uno de almendras y otro de nueces. En realidad eran un mismo monte, en donde convivían ambos cultivos. Había dos filas de almendros y dos de nogales.

      Cuando la almendra estaba en condiciones de cosecha, se ocupaba de achicarnos el trabajo: caía al suelo. Significaba que estaba lista. Al nogal lo sacudíamos y la fruta caía. Todos los frutos lo levantábamos del suelo.
       Luego se lo llevaba con acoplado y tractor a unas mesas a pleno sol, donde se desparramaba toda la fruta, dividido en dos. En una semana, el sol ablandaba la carne y aparecía solito el cascarón. Había dos maneras de venderlo (y lo compraban compañías que aún hoy permanecen en el mercado). Una era venderla con cascarón y por ello, pagaban menos que si nos tomábamos el trabajo de desprenderlo.

      Y ahí aparecía mi juego favorito: llevar la fruta al galpón, sentarse frente a un yunque y con el martillo romper los cascarones y echar las semillas obtenidas adentro de un recipiente, que después la compañía pasaba a pesar y retiraba.
       Jamás pudimos pelar toda la fruta de tanta que era. Sólo una pequeña parte, alcanzábamos a romper con el martillo. Pero esos días en que duraba la tarea, fueron los mejores de mi infancia.