Otro arte para el paisajista: ponerse de acuerdo.

No es difícil, pero se complica cuando no hablamos el mismo idioma.

– Ideas simples pero representativas –

      Lo que me imaginaba, aunque hubo un condimento que no esperaba. Tal como hacemos cualquiera de nosotros cuando habla con alguien que no entiende el idioma: gritamos. Como si el tipo fuera sordo. Sólo que, en éste caso, el tipo era yo. La mujer del dueño “atajaba” varias palabras del castellano, pero su marido no registraba ni el escaso “buenas tardes”, siempre necesario para iniciar la conversación.
       Quien se dirigía a mí era la señora. Una coreana muy bella para juzgar como occidental. Lo que la convertía en bella era su simpatía, en contraste con el fatídico nerviosismo de su esposo. Tuve que ponerme de acuerdo, primero, con los nombres. El de ella me hizo pronunciarlo Fan; el de él, Li. Nunca supe cómo se escribía o si estaba pronunciándolo bien.
       Fan y Li venían de Corea. A Li le habían adjudicado la dirección de una empresa en Argentina y para que viviera, tenía asignada una casa de la que era propietaria la empresa, pero hacía tres años que nadie habitaba.

“Lo que la convertía en bella era su simpatía, en contraste con el fatídico nerviosismo de su esposo.”

      Fan me propuso que hablara nada más que con ella, aunque (por supuesto: conocía a su esposo), sabía que Li intentaría intervenir todas las veces que pudiera. La mujer me habló, como pudo, de sus intenciones con el jardín. Ella no quería nada fastuoso ni cercano al estilo oriental. Estaba interesada en tener un jardín de plantas bajas, que no le tapara la visión desde la cocina (la ventana principal de la cocina daba al jardín y, desde ahí, a la calle) y la menor cantidad posible de césped. La idea era reducir a la mínima expresión el ingreso del jardinero para las tareas de mantenimiento.
       Le pregunté cuál era la idea que tenían sobre el fondo y los laterales. Para un paisajista, estos sectores siempre son importantes porque deben guardar cierta conexión con lo que se haga en el jardín delantero, pero Fan no estaba interesada en ninguno de los dos lugares por ahora. La remodelación de la casa implicaba etapas precisas, acordadas en un límite de tiempo ya establecido y para pasar al fondo, según ella, faltaban aún varios meses lo mismo que arreglar los laterales.

– Para hacer esto se conversa mucho –

      Para cuando me enteré de estos planes, ya había pasado una hora. Li estaba, digamos y creo, que un poquito furioso porque entendía que al cabo, yo ya tendría una propuesta para echar manos a la obra. Sentí, íntimamente, que mejor haría si me iba pidiendo disculpas por  no atenderlos, pero mi profesionalidad me impedía sostener una conversación tan enmarañada y belicosa como la que estaba viviendo.
       Pero, ¿cómo haría para irme sin demostrar buenos modales? Explicarle a Fan que nunca podría elaborar un proyecto de jardín disociado del resto en sesenta minutos, no concordaba con mi estilo de trabajo; me demoraría más que esa hora que ya había pasado. En realidad, para ese momento, lo único que pretendía era no hacer quedar mal al vivero de donde se proveerían de plantas cuando menos. Pero, al menos yo, daba por concluida mi visita. Sólo tenía que ver cómo hacer para quedar bien.
       Entendí que no sería posible. Li y Fan se pusieron a discutir. Li miraba su reloj y lo señalaba; Fan invertía diez segundos para disculparse conmigo y un minuto para seguir la discusión con su marido. Los dos niños del matrimonio (uno de 10 y otro de 13, más o menos), eran mudos espectadores que se sentaban turnándose en una hamaca vieja que colgaba de la rama de un árbol. Me dieron muchas ganas de hablar con ellos antes de seguir con esta absurda discusión.

“Estaba interesada en tener un jardín de plantas bajas, que no le tapara la visión desde la cocina (la ventana principal de la cocina daba al jardín y, desde ahí, a la calle) y la menor cantidad posible de césped.”

      Finalmente, Fan se desprendió de la perseverancia de su esposo y con las limitaciones lógicas del lenguaje, me reiteró sus deseos. Y para terminar con la disputa me hizo entender que no debía hacerle caso a su esposo.
       Definitivamente, no era trabajo para un paisajista. Como dije en la nota anterior, yo hago Arte. Puede ser que no le guste a algunos; otros, se convertirán en mis fanáticos. El hecho es que aprendí a hacerlo bien y cada trabajo terminado, habla directamente sobre mí; sobre lo que hago y lo que siento y me vanaglorio de insertar con éxito en mis sentimientos, los sentimientos de mi cliente a los que puedo mezclar y ofrecer como resultado lo que él ambiciona de su jardín y lo que mi cabeza “ve” cuando debatimos lo que se pretende.
       Sólo puedo hacer paisajismo cuando comulgo lo que sé con lo que el otro quiere.