Una carrera para creativos

El Paisajismo no necesita alumnos que aprendan bien las lecciones: necesita que esos alumnos aporten cada vez más, ideas nuevas.

– Carrerilla Vieja –

      Hubo una vez, que los paisajistas nos tuvimos que arreglar con lo que teníamos. Y lo que teníamos era bien poco. La primera vez que puse en medio de un motivo (se le llama “motivo” a un arreglo especial que se hace sobre la superficie del jardín y que se registra por su sobresaliente participación), una carretilla vieja de madera llena de plantas anuales y algunas perennes, la dueña por poco me insulta.

      Lo más triste fue que la composición la estaba haciendo fuera del presupuesto y no la pensaba cobrar. Era una nota de color que, intuía, causaría las delicias de la señora y sus amigas. No la había copiado de ninguna parte; vi la carretilla tirada en la calle, a pocos metros de una casa que se estaba remodelando, paré, pregunté si me la podía llevar y desde adentro me gritaron que de inmediato.

“Era una nota de color que, intuía, causaría las delicias de la señora y sus amigas.”

      Obviamente, no estoy loco. La carretilla vieja con hermosas plantas muchas de ellas colgantes, entonaba en el contexto tanto como un sofá en un living. La señora había decidido armar un enorme cantero debajo de un farol que había logrado extraer de la casa de su abuelo. Imagínense: año 1895. ¿Cómo se iba a ver mal una carretilla de la misma época?

      Armé la carretilla en el vivero y la llevé terminada en mi camioneta. La bajamos con mucho esfuerzo entre tres personas (yo llevé uno solo pensando que era suficiente, pero tuvimos que pedirle a un vecino de la mujer que nos diera una mano). La puse exactamente debajo del farol (tengo que mencionar el detalle: el farol era a vela y funcionaba) precisamente donde había dejado el lugar a propósito para que se luciera.

– Carretilla con Flores –

      Era el último detalle. Consideraba concluida la tarea. Saqué mi máquina de fotos (a rollo) y gatillé hasta cansarme. Esperaba que viniera la mujer y cuando menos, me aplaudiera.

      La señora llegó. Llegó con su cuñada y una amiga. Yo me quedé en el jardín esperando, mientras ellas se instalaban en la cocina hasta que me vio. Les comentó algo a sus amigas y salieron las tres al exterior, hacia donde me encontraba. Voy a decir la verdad: inflé el pecho, esperando las felicitaciones.

“Lo más triste fue que la composición la estaba haciendo fuera del presupuesto y no la pensaba cobrar.”

      Fue la amiga, la única que aprobó con alegría a mi carretilla. Las otras dos se miraron entre sí y como si fueran dos profesoras desaprobando a un alumno, sin avanzar un paso simplemente me dijeron: “Quite eso de ahí”.

      La amiga no podía dar crédito a lo que escuchaba. Me miraba a mí y miraba a sus amigas como si recién nos hubiera visto a todos. Protestó, claro. “Es un detalle acorde con el objeto central que es el farol. No cometan el error de sacarlo”.

      La arenga no halló eco. “Nada más, saque eso”, fue la orden inmutable. La cuñada quiso ir un poco más lejos: “¿Cómo va a tapar la ausencia de la carretilla?”. “No se preocupe”, dije yo. “Sólo lo lleno de herbáceas y todo quedará como había acordado con la señora”.

– Jardín de Parterres –

      Cargar la carretilla de vuelta me demandó molestar nuevamente al vecino quien reforzó su participación haciendo intervenir a su hijo recién llegado. Llevé mi fracasado trofeo al vivero y expliqué lo sucedido mientras cargaba a la camioneta las plantas que pondría en el lugar de la carretilla. Me volví al domicilio de la mujer y junto a mi ayudante, completé la tarea.

      Mientras el empleado cargaba las herramientas, la amiga de las dos mujeres, la que había aprobado mi proyecto, halló un lugarcito para hablarme bien cerca y en voz baja. “¿Adónde llevó la carretilla?”. “Al vivero”, respondí. “¿Al Vivero El Picaflor?”. “Sí”. Sonrió y con mucha picardía me ordenó: “No la venda hasta mañana”.

      Al día siguiente, mi simpática e inesperada amiga, compró la carretilla.