Una visita con inconvenientes risueños

A veces no coincidir con un amigo o pariente es angustioso; pero con un cliente… es fatal.

– Un jardín japonés –

        Desde el vivero me pasaron telefónicamente la dirección de un potencial cliente que me esperaba a las cuatro de la tarde para asesorarlo sobre la construcción de un jardín nuevo en su propiedad y que no podía quedarse conmigo mucho más de una hora.
     En función del apuro que manifestaba, me advirtieron dos cosas que consideraron importantes: parecía un señor muy nervioso en primer lugar y en segundo, era un extranjero con enormes dificultades para hablar nuestro idioma lo que, indudablemente, lo ponía más nervioso aún.
    Aquí voy a detenerme un minuto largo, para explicarles ciertos síntomas necesarios de comprender cuando los paisajistas conocemos a un prospecto.
     El paisajismo es un Arte. Lo malo (si tiene algo malo), es que nosotros hacemos Arte en un lugar que le pertenece a otro. No me puedo llevar mi obra y mostrarla a mis amigos, parientes, conocidos u otros eventuales clientes, como no sea a través de una foto, que por mucha espectacularidad que pueda tener, nunca será como tener ese paisaje enfrente.

“El paisajismo es un Arte. Lo malo (si tiene algo malo), es que nosotros hacemos Arte en un lugar que le pertenece a otro.”

Justamente, referido a un elemento tan definitorio como un paisaje, que en el lugar que ocupa en la Tierra puede definirse como una Divinidad, sin ocupar el sitio de ninguna deidad, somos los minúsculos seres que en función de lo aprendido, estamos capacitados para crear un panorama que se acerca, por obra y gracia de la mente acreditada, al paisaje de nuestros sueños. O al paisaje que añoramos, si es que alguna vez estuvimos ahí.

– Fresca mañana –

Con esto quiero decir que somos artistas invadidos por la sensibilidad y que debemos evitar que ese sentimiento sufra deterioro alguno, porque en ese caso dejaremos automáticamente de ser Paisajistas. Ningún dinero debe ganar la pulseada. Eso compete a la integridad del Artista, que nunca debe dejar de valorar el trabajo que hace, porque como todo lo que hace un Artista, debe trascenderlo. No hablo de precio: hablo de valores. 
     Entonces, encontrarme con un señor que aparenta ser nervioso, nada menos que para hablar de una Obra de Arte que yo debo construir en su propiedad, no era precisamente tema que me atrajera. Y mucho menos si tan sólo tenía una hora para discutirlo. Sí, encima, no hablaba mi idioma, una hora podía transformarse en cuatro por lo intrincada que podría ponerse la charla o minutos nada más, porque podríamos no coincidir en ningún aspecto.

“…compete a la integridad del Artista, que nunca debe dejar de valorar el trabajo que hace, porque como todo lo que hace un Artista, debe trascenderlo. No hablo de precio: hablo de valores.”

De todos modos, agendé los datos y, respetando el convenio que oportunamente había hecho con el vivero, a la hora indicada me acerqué a la dirección.
     Me costó encontrarla porque se hallaba en una zona sub-urbana; casi más rural. Se trataba de un barrio de casas incipientemente suntuosas, muchas de ellas con algunos detalles de categoría, como fuentes de agua, caminos de grava muy bien cuidados y cercos recortados con precisión.
     En el domicilio se estaba construyendo una casa de dos pisos a unos diez metros del frente. Indudablemente, ahí iría un jardín. De fondo quedaban libres sesenta o setenta metros. El ancho del terreno andaba por los veinte metros. Los límites eran caóticos: había retazos de alambrado, tramos de plantas secas, trechos de paredes de ladrillos, algunos huecos, otros macizos y hasta cajones de madera viejos alineados para separarse del vecino.