Hoy me toca abrir el vivero

Si tu trabajo te apasiona, nunca es un sacrificio.

– Recorriendo el vivero –

        Hoy me toca abrir el vivero. Mi hermano que es mi socio, tiene un resfrío descomunal que no lo deja tenerse en pie. Así que la novela del día se la pierde.
        La última frase no es una fantasía: en un vivero, cada día es tan distinto del anterior y aún más lo es del que viene, que sumadas las horas vividas los períodos se convierten en una verdadera novela.
      Hay tantos episodios, tantas anécdotas, tantas vivencias, que todo junto compone un verdadero relato que terminará componiendo una leyenda de tramas desiguales que contarán nuestros hijos a sus hijos, nuestros empleados a sus amigos, nuestros amigos a los suyos y así sucesivamente.
        Sí. Tener un vivero conlleva el milagroso hecho de tener una vida. Y apasionante.

“…en un vivero, cada día es tan distinto del anterior y aún más lo es del que viene, que sumadas las horas vividas los períodos se convierten en una verdadera novela.”

        Abrí el candado del portón y al entrar observé algunas irregularidades en las canchas. Se notaba que había muchas plantas caídas en el suelo. Eso sucede cuando sopla viento fuerte. Y me hizo creer que dormí como un bebé, porque no sentí nada en la noche.
       Antes de ingresar al salón, perdí unos cuantos minutos en levantar las plantas caídas. Las mismas eran fundamentalmente las grandes. Muchas, más pequeñas, se vieron afectadas porque las grandes las aplastaron. Me encontré con varias ramas quebradas y hasta cepellones salidos del envase. Habría que acercarse con una carretilla llena de sustrato para recomponer éste problema y la tijera de podar para eliminar las ramas rotas.

– Mirando el vivero de más lejos –

        Ya tenía el primer trabajo de urgencia de la mañana, pero se lo encargaría a Emilio, el empleado que supervisa la estética del vivero, aunque el día anterior le había comisionado otra tarea. Hay que poner prioridades inmediatas cuando se trata de llenar el ojo de belleza y las plantas caídas en un vivero dan un aspecto de abandono que no se debe permitir.
        Levanté media docena más y cuando decidí ir hacia la oficina, al darme vuelta me encontré con la figura de mi padre extendiéndome el primer mate de la mañana.
       Mi papá suele venir al vivero una hora antes que cualquiera de nosotros, seamos lo hijos o los empleados. Su desayuno es el mate y su acompañamiento, la radio. Escucha las noticias hasta que llega el diario, al que lee desde la tapa hasta las historietas y luego forma su propia opinión ya listo para debatir con quien sea, la actualidad.

“Hay que poner prioridades inmediatas cuando se trata de llenar el ojo de belleza y las plantas caídas en un vivero dan un aspecto de abandono que no se debe permitir.”

        Le tenemos prohibido abrir el local por una cuestión de seguridad y él respeta la decisión. Mientras disfrutaba de ese primer mate, le iba preguntando sobre ese viento desconocido para mí, pero no para él. Fue un preludio de tormenta que al final no se formó. Le comenté que le encargaría el trabajo a Emilio, pero él fue más astuto: me propuso armar con las cañas del fondo del terreno, una especie de corral para las plantas grandes que estaban sometidas a los vientos fuertes. De esa manera, no se caerían más y, si éramos lo suficientemente sagaces y ciertamente exquisitos, podríamos armar un encierro con aristas artísticas, que sería verdaderamente atractivo visitar.